Un análisis de coyuntura nicaragüense desde la perspectiva universitaria

Por José Idiáquez, S.J.

La juventud universitaria fue la primera que despertó en abril en Nicaragua. La siguió la juventud en general. A la juventud la siguió la mayoría de la población. Fueron jóvenes estudiantes quienes despertaron a un país. “¡Eran estudiantes, no eran delincuentes!” fue la primera consigna que se coreó en las calles.  

Los antecedentes inmediatos a la rebelión de abril fueron dos: ambos ligados a la conciencia de la juventud millennial de Nicaragua. En marzo, la vicepresidenta, Rosario Murillo, anunció que las redes sociales eran nocivas y que se dictarían leyes para regularlas. Y a inicios de abril, una amplia extensión de la reserva biológica Indio-Maíz, al sureste de Nicaragua, fronteriza con Costa Rica, empezó a ser consumida por un incendio incontrolable. La juventud ambientalista del país se manifestó en la UCA exigiendo del gobierno respuestas más decididas y urgentes, que nunca llegaron.

Cuando lo que llegó fue un diluvio, que sofocó el incendio, el 16 de abril Ortega dio luz verde a una reforma a la seguridad social -en bancarrota por malos manejos del gobierno-, que entre otras medidas reducía las pensiones de las personas de la tercera edad.

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Photo by Jorge Mejia

El 18 de abril las protestas por la reforma a la seguridad social fueron reprimidas con extrema violencia, como ya era habitual, por “fuerzas de choque” del gobierno, miembros de la Juventud Sandinista y “motorizados”. Lo diferente en esta ocasión fue que al día siguiente, 19 de abril, hubo más jóvenes protestando en León, Managua, Masaya y otros puntos del país. Eran jóvenes defendiendo a sus abuelos y abuelas, a los ancianos que verían reducidas sus pensiones. Estudiantes de varias universidades del país protestaban en las calles. Y comenzaba a unírseles la población.

Ese día se hizo visible el rechazo generalizado de gran parte de la población nicaragüense ante los agravios, injusticias y abusos del régimen. El rechazo se había ido acumulando a lo largo de una década. Y por fin estalló. Fue un despertar, una “insurrección de la conciencia”.

La respuesta del gobierno ante las protestas, que no pararon de crecer desde ese día en las principales ciudades del país, y en buena parte de municipios más rurales, fue una represión desproporcionada. “Vamos con todo” fue la orden que dio Murillo el 19 de abril a los secretarios políticos de todo el país. “Todo” significaba cualquier medio, por criminal que fuera, con tal de sofocar la rebelión.

En Nicaragua matar universitarios significa matar el sueño de las familias pobres. Tener un hijo o una hija universitaria es la ilusión más acariciada por los pobres. Para lograrlo ahorran, se empeñan, se esfuerzan. Esto es fundamental para entender el repudio que provocó que el régimen disparara contra universitarios. “Todo te dejamos pasar, pero jamás hubieras tocado a nuestros chavalos” decía una cartulina que llevaba en sus manos una mujer en la primera marcha que hubo en Managua. Desde ese cartón le hablaba a Daniel Ortega. Todo -las instituciones controladas, los fraudes electorales, la corrupción generalizada-, todo se lo dejaron pasar, pero no que matara a los chavalos, a los jóvenes universitarios.  

¿Qué impacto tuvo la represión en las universidades?

Las universidades de Nicaragua sufrieron el impacto directo de la represión contra los estudiantes. Sus campus fueron atacados por fuerzas policiales y paramilitares interesadas en reprimir las protestas estudiantiles al costo que fuera. El objetivo era retirar de los campus a los estudiantes que se habían atrincherado en los mismos, defendiendo sus universidades como espacios de lucha.

La Universidad Centroamericana no fue tomada por estudiantes pero sí recibió un ataque a su portón principal y fue refugio de la población atacada en la marcha del día de las madres, en la que aproximadamente dos horas fueron asesinadas 21 personas. En días posteriores fueron encontradas balas que habían impactado en distintas áreas del campus.

Como resultado del ambiente hostil que reinaba en contra, sobre todo, de los universitarios, nuestro campus fue cerrado por motivos de seguridad. Las actividades académicas fueron interrumpidas y luego retomadas al final del año solamente en modalidad virtual.

En la UCA, la situación vivida no nos hizo desistir de nuestra labor educativa. El impacto del “vamos con todo” no ha sido el deseado por el gobierno represor. Al contrario, los sucesos de abril refuerzan el compromiso que tenemos con nuestro modelo educativo y nuestra misión universitaria.

Actualmente, mientras en las universidades estatales muchos estudiantes han sido expulsados o sus expedientes borrados por haber participado en las protestas, en la UCA la población estudiantil sabe que existe libertad de expresión y libertad de opinión. Mientras los estudiantes de las universidades estatales callan por miedo a represalias, dentro del campus de la UCA, los estudiantes se sienten seguros a pesar de que todos los días nuestra universidad está rodeada por alrededor de 100 a 150 policías y paramilitares que asedian e intimidan a nuestros estudiantes y trabajadores.

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Photo by Jorge Mejia

¿Cuál es el compromiso que la crisis ha reafirmado en nosotros?

En la polis de los griegos se expresaron los factores socio-culturales, económicos y políticos que modelan la convivencia humana. La Universidad, inserta en la ciudad, es por eso una realidad política. Como institución educativa, la UCA, en sintonía con la Red de Universidades Jesuitas de América Latina (AUSJAL), emplea sus recursos humanos y técnicos para que las mayorías excluidas de este mundo globalizado, y de nuestra Nicaragua, superen la exclusión y transformen sus vidas. Buscamos que toda la comunidad universitaria y nuestros estudiantes estén en contacto directo con los y las nicaragüenses más empobrecidas, con nuestros compatriotas menos favorecidos.

La Universidad debe garantizar una buena preparación académica. Eso significa una excelente formación, un bagaje de conocimientos, de contenidos, de habilidades investigativas y de destrezas que sean útiles a nuestros estudiantes en los desafíos que les esperan en su vida profesional. Pero si esa calidad académica no tiene en cuenta a quienes causan el sufrimiento humano, si no tiene en cuenta todo lo que ocasiona sufrimiento a la condición humana, no estará respondiendo al proyecto educativo que Ignacio de Loyola y los primeros jesuitas nos trazaron.

La negación de una igualdad de oportunidades en educación para todos los sectores de la población es posiblemente la clave de los rezagos que tenemos hoy en América Latina. Lo mismo se puede decir de Nicaragua. Estamos como estamos por esa desigualdad de oportunidades educativas.

Cuando se investigan los presupuestos destinados a la educación y, aún más importante, cuando observamos la cultura que se expresa en las aulas a través de valores, símbolos y discursos, la escuela y la Universidad aparecen como espacios en que se perpetúa la estratificación social basada en la discriminación entre clases sociales, entre etnias, entre hombres y mujeres. Autores como Henry señalan que esa perpetuación es funcional al sistema de inequidad. Hace ver él “la utilidad económica de producir grandes grupos de alumnos que se vean a sí mismos como fracasados y pasen sin quejarse a las posiciones más bajas en las estructuras del trabajo burocrático e industrial”.

Un auténtico desarrollo humano es el que reconoce y respeta la diversidad cultural, histórica y de género como valores fundamentales para construir una sociedad mejor. Un auténtico desarrollo humano no olvida el valor del medioambiente y reconoce y respeta la riqueza social, productiva y étnica de todos los rincones de la geografía nicaragüense.

La educación universitaria no puede reducirse a transmitir competencias técnicas. Exige identificar a nuestros estudiantes con valores que deben asumir: espíritu crítico, disposición al diálogo, curiosidad por investigar y por leer, disciplina, rechazo a actitudes sectarias, colaboración con los demás, tolerancia, respeto a las diferencias, aceptación de las diversas creencias religiosas y simpatías políticas, sentido del compromiso…

Estos valores parecen pasados de moda en la actual cultura, donde todo es efímero. Así describe esta cultura de hoy Zygmunt Bauman: “Cualquier cosa que hoy es buena para ti puede reclasificarse como tu veneno. Compromisos aparentemente firmes y acuerdos solemnemente firmados pueden derrumbarse de la noche a la mañana. Y las promesas, o la mayoría de ellas, parecen hechas solamente para ser traicionadas y rotas”.

La UCA está obligada a estar presente en el campo marginado, en las zonas urbanas empobrecidas, apoyando a las cooperativas, capacitando a los pescadores, acompañando a los migrantes y a sus familias, luchando a la par de tantas mujeres que sacan adelante a sus familias, atendiendo sicológicamente a quienes no tienen posibilidad de pagar un servicio privado, colaborando en la legalización de las propiedades de los más pobres, contribuyendo a la defensa del medioambiente… Cuando nuestros estudiantes se encuentren con todas estas realidades, sus investigaciones ya no serán puros datos estadísticos, números, variables, tablas y cuadros.

¿Qué seguiremos haciendo?

En el papel que nuestros estudiantes asumieron en la rebelión de abril vemos los frutos de nuestro trabajo educativo. Nos llena de satisfacción escuchar a nuestros estudiantes formular sus protestas, denunciar injusticias y proponer soluciones.

Pero nuestro trabajo sigue. Desde la Universidad tenemos aún mucho por hacer. Desde el quehacer académico, nuestra Universidad busca el poder que tiene la verdad para así seguir dando nuestro aporte a las transformaciones que necesita Nicaragua. Y como lo que caracteriza a la Universidad y al mundo universitario es ser el espacio en donde convive la diversidad de credos y de pensamientos, creemos que es acoger y respetar toda esa diversidad la que va a potenciar nuestro quehacer docente, nuestras investigaciones y todas nuestras tareas de proyección social.    

Una Universidad no puede ser neutral, no puede permanecer impasible ante la dolorosa realidad. Queremos construir una comunidad en diálogo fecundo, preguntándonos siempre con libertad para qué trabajamos y al servicio de quiénes trabajamos. Bien lo sabía nuestro hermano Ignacio Ellacuría. En su último discurso, pronunciado diez días antes de ser asesinado en el campus de la Universidad Centroamericana de El Salvador, afirmaba:   

Suele decirse que la Universidad debe de ser imparcial. Nosotros creemos que no. La Universidad debe pretender ser libre y objetiva, pero la objetividad y la libertad pueden exigir ser parciales. Y nosotros somos libremente parciales a favor de las mayorías populares, porque son injustamente oprimidas y porque en ellas, negativa y positivamente, está la verdad de la realidad.

Finalmente, ¿cuál es el principal reto de una universidad de cara al sufrimiento humano? Una universidad tiene sentido siempre y cuando por sus portones y por sus ventanas entre el sufrimiento humano pues no compartimos nuestras aulas con robots. Debemos sensibilizar a nuestros estudiantes, en cualquiera de sus materias, para que comprendan que el sufrimiento humano es parte del desafío académico. Si no logramos ese compromiso ético de sentir como propio el dolor ajeno, no estamos haciendo academia, no estamos haciendo investigación y no nos estamos proyectando socialmente como universidad.

La situación de muerte e incertidumbre que se vive en el mundo exige que nuestro trabajo en la docencia y la investigación tenga como fin último dar nuestro aporte en esa lucha por evitar el sufrimiento del justo y asegurar la búsqueda de la verdad.

 

José Idiáquez, S.J., conocido como “Padre Chepe,” es rector de la Universidad Centroamericana en Managua. Recibió el Premio LASA/Oxfam America Martin Diskin Memorial Lectureship en mayo 2019.