Una carta desde México

Luces y sombras: oportunidades para aprender de la crisis del Covid-19

Por Sergio Cárdenas

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En los últimos años he disfrutado mucho caminar por cualquier ciudad, desde Shanghai hasta Cochabamba, sin determinar una ruta fija. Camino varias horas para encontrar espacios de vida cotidiana, lugares que con algo de suerte encuentras a dos o tres calles de la avenida principal, o para encontrar algún hito urbano cerca de alguna zona turística. Una tienda de té, una placa conmemorativa explicando las etapas de un edificio que por ahora es una sucursal bancaria, una tienda de juguetes que parecen provenir de coleccionistas que fallecieron recientemente, dulcerías y negocios de venta de fruta que probablemente han sido atendidos por décadas por la misma familia. Cada encuentro fortuito agrega una memoria contra las que competirán nuevos hallazgos.

Esta rutina cambió por el distanciamiento social. En los últimos meses, en lugar de intentar encontrar nuevos lugares, he tratado de observar y recordar los distintos anuncios que van apareciendo en los negocios de la Ciudad de Aguascalientes, México, en donde vivo. Venta de cubrebocas y desinfectantes, avisos de cierres parciales (“todos nuestros servicios son para llevar”), ofertas y descuentos en cualquier tipo de productos y servicios, y por supuesto los letreros que más preocupan, los anuncios de “se renta”, fijados en locales cerrados. Varios de estos anuncios me hicieron recordar a emprendedores que recién abrían un negocio, como en el caso del último lugar en el que comimos una pizza en familia, poco antes de que iniciaran las medidas de distanciamiento social en México. 

Han pasado casi cinco meses en los que cada día hemos sabido al menos de un efecto negativo de la pandemia en nuestra vida cotidiana. En un artículo publicado recientemente en “El país” supe por ejemplo de un enfermero que tuvo que despedirse de su hijo de cinco años, antes de partir hacia el hospital, aunque ahora como paciente. “Cuida mucho a tu mamá”, fue el mensaje para su hijo. Murió una hora después de ser admitido en el hospital. Como las mismas autoras concluyeron, “una sola muerte vista de cerca basta para […] desmentir cualquier intento de minimizar el impacto de la pandemia.” 

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Catedral

Lo vemos en los periódicos y en las redes sociales, pero también nos lo recuerda saber que amigos cercanos han enfermado, o que alguno de sus familiares ha fallecido víctima del Covid-19, o que han perdido su empleo. Desde que se reportó oficialmente en México la primera muerte debida al Covid-19 el 18 de marzo, de acuerdo con reportes gubernamentales hasta la fecha han fallecido más de 60 mil mexicanas y mexicanos por esta causa,. Algunas proyecciones basadas en datos oficiales disponibles sugieren que alcanzaremos hasta 132 mil muertes el 1º de noviembre de este año, aunque algunos investigadores han reportado incrementos en el número de muertes extra-hospitalarias, algunas de las cuales nunca serán relacionadas con el Covid-19. No es un buen momento para muchas familias mexicanas.  

Si tuviera que elegir dos palabras que describan el ambiente que percibo estos días en México, serían incertidumbre e inequidad. A pesar de que cada día intentamos entender y anticipar los efectos que la pandemia tiene y tendrá en nuestro país (en particular en los sistemas educativos y en general sobre la población más vulnerable), los investigadores y analistas no logramos avanzar en la comprensión completa de su impacto y dinámica con la misma rapidez a la que se expande. La certidumbre que nos otorgaba recurrir a nuestros métodos de investigación se ha visto limitada ante la ausencia de información confiable, los comportamientos sociales y personales aparentemente inexplicables, o la desafortunada tendencia de algunos liderazgos políticos en América Latina, que menosprecian la experiencia—y peor aún—la investigación científica.

La incertidumbre crece además por quienes argumentan públicamente que el virus no existe, por quienes anuncian que su impacto será menor, o quienes insisten que ya hemos pasado lo peor de la crisis. También profundizan la incertidumbre quienes han concluido rápidamente que estamos solamente ante una breve desviación de una ruta, a la que volveremos con la rapidez a la que nos ha acostumbrado una vida globalizada, de manera que en unos años recordaremos vagamente la crisis sanitaria que vivimos, de la misma forma que ahora vemos como un suceso lejano la pandemia provocada por el virus AH1N1 en el año 2009, o  incluso la crisis financiera del año 2008. 

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Convención revolucionaria

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Jesus F. Contreras

Pero si bien vivir con incertidumbre es una condición incómoda, el aspecto más desafortunado de la pandemia en México es que sus efectos son y serán más notorios entre la población más vulnerable. La información a la que hemos tenido acceso preliminarmente nos recuerda que los efectos de la pandemia son y serán diferenciados: por ejemplo, sabemos que  entre los fallecidos por Covid-19 en México, 7 de cada 10 no lograron terminar la educación básica.  También que el desempleo se ha manifestado con mayor frecuencia entre los trabajadores con ingresos más bajos, y que la brecha digital se manifestó con mayor intensidad en las escuelas públicas a las que asisten los estudiantes de menores recursos: en tanto un 70% de escuelas no indígenas reportó disponer de al menos una computadora con acceso a internet, solamente el 24% de las escuelas indígenas reportó lo mismo. Observamos también grandes brechas entre el porcentaje de mortalidad de los hospitales públicos y privados. También, que continúan falleciendo personas en casa por desconfianza hacia los servicios públicos de salud. La pandemia que vivimos ha sido un cruento recuerdo de que las desigualdades injustas que ya se observaban en el país se han acentuado — de acceso a la salud y educación, o de ingresos por ejemplo —,y que de no hacer algo seguirán creciendo.

Lo experimentado en los últimos meses en México es una fuente de desánimo. Muchos podríamos concluir que los esfuerzos colectivos de años se han tirado por la borda y que por lo tanto hay poco por hacer. Pero también podremos pensar que lo vivido podría convertirnos en ciudadanos y comunidades más resilientes y conscientes, dispuestas a cooperar y a contribuir para enfrentar los serios problemas económicos que resultarán de esta crisis sanitaria. Especular ahora sobre cuál será el sentido del cambio en nuestros comportamientos como consecuencia de las experiencias personales durante la crisis sanitaria, sin duda se sumaría a los múltiples ejemplos de divagación colectiva en los que nos hemos enfrascado recientemente. Pero a pesar de todo, creo que debe prevalecer un moderado optimismo derivado del comportamiento observado en México ante otros desastres, como en el caso de los terremotos de 1985 y del 2017, cuando muchas personas corrieron a ayudar a vecinos heridos o atrapados, sin considerar el riesgo que corrían personalmente. En muchas fotografías que se tomaron recién habían terminado los terremotos, se capturó lo rápido que se manifestó la solidaridad en la sociedad mexicana.

Aún más, es probable que al haberse hecho más visibles las inequidades con las que convivimos, exista una mayor sensibilización sobre la importancia de resolverlas. Creo que al pesimismo que puede resultar de vivir tantos meses en la incertidumbre y de observar los efectos desiguales de la crisis sanitaria, se enfrenta la esperanza de que logremos rebasar las discusiones en redes sociales para desarrollar conversaciones y acciones más amplias e informadas, que ayuden a resolver los múltiples problemas que compartimos. Considero que la crisis que vivimos ayudará a resaltar también la importancia que adquiere contar con liderazgos que diseñen políticas sociales efectivas, particularmente las que promueven el acceso a oportunidades de aprendizaje. Somos lo que aprendemos, y si hoy observamos tantos comportamientos individuales y colectivos alejados de lo deseable en un entorno de crisis, es porque como país hemos desaprovechado las múltiples oportunidades de aprendizaje que nuestro sistema educativo ha creado, sean para aprender a leer o para aprender a vivir ordenadamente con otros. La gente que aborda transporte público sin usar un cubrebocas, o los contagiados de Covid-19 que se rehúsan a recibir atención médica para seguir con sus actividades cotidianas, son ejemplos de cómo nuestro sistema educativo falló al no desarrollar sensibilidad social  y ciudadanía. No usar un cubrebocas puede ser considerado como una muestra de ignorancia, o como un pronunciamiento político, pero independientemente a nuestra valoración, cada persona que no lo usa es un ejemplo vivo de los retos que nuestro sistema educativo tiene por delante.

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Palacio de Gobierno Agradecimientos

Si bien el debate público sobre la educación en México en plena pandemia no tiene todavía la intensidad que debería, ha ayudado a resaltar no solamente lo poco preparados que estábamos para sustituir clases presenciales de manera masiva, sino la importancia que adquiere que adoptemos enfoques que promuevan aprendizajes a lo largo de la vida. Necesitamos garantizar que el aprendizaje sea una actividad permanente para todos, más allá de lo la educación formal y de las escuelas. Necesitamos crear condiciones para enseñar oportunamente a adultos y jóvenes cómo enfrentar crisis sanitarias y económicas, implementando campañas informativas y programas de recualificación, a la par de enseñarles cómo cuidar su salud y desarrollar ciudadanía. Aún más, necesitamos comunicar la importancia de la educación informal y crear oportunidades de aprendizajes para todos, que permitan adquirir nuevas competencias para sobrevivir en ambientes cada vez más complejos. El aprendizaje a lo largo de la vida debería ser una oportunidad para estar mejor preparados para situaciones inesperadas, como en el caso de la crisis generada por el Covid-19.

Esta reorientación ayudará no solamente a reorganizar el funcionamiento de los sistemas de educación formal y escolarizados, sino también a crear oportunidades de aprendizaje informal que se adapten a condiciones y contextos fuera de la escuela tradicional (como museos, parques o centros comunitarios), y para todo tipo de poblaciones (adultos mayores, migrantes, personas en situación de cárcel y las que abandonaron la escuela), en cualquier momento en que lo requieran. 

Considero que las críticas que he observado hacia la educación pública en México durante la pandemia, son una expresión de las expectativas insatisfechas hacia la eficacia de las herramientas de las que disponemos para modificar o continuar comportamientos. En todo caso, prefiero considerar que criticamos lo que nos importa, lo que pensamos puede mejorar y cambiar.

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Estación del tren

Distribuir de mejor forma oportunidades de aprendizaje erá uno de los grandes retos post-pandemia en México y en América Latina. Aprovechar adecuadamente las oportunidades para educar a todos dentro y fuera de las escuelas, será una de las rutas que nos ayudará a reducir incertidumbres e inequidades, pero sobre todo, nos permitirá aspirar a que la siguiente crisis global encuentre comunidades mejor preparadas, más integradas y resilientes.

 

Sergio Cárdenas es profesor investigador en el Centro de Investigación y Docencia Económicas en Mexico, e Investigador Visitante “Antonio Madero” para el período 2020-2021 en el DRCLAS. Su investigación se concentra en el análisis de desigualdades educativas y en las políticas de aprendizaje a lo largo de la vida