Santo Domingo, Bodas, Bautizos y Emails

by | Dec 7, 2003

Bodas! ¡bautizos! ¡divorcios! ¡Aquí tenemos invitaciones para todos sus eventos, pásele güerita! Así­ reciben a los visitantes en la plaza de Santo Domingo, en el corazón del centro histórico de la Ciudad de México. Santo Domingo es un sobreviviente, ha logrado reinventarse y adaptarse por más de un siglo a todo tipo de cambios, sin dejar de ser la plaza de los del barrio.

La plaza es un pequeño oasis, que permite tomar aire por unos momentos, antes de regresar a la agitada vida de la capital. A un costado de la plaza está la iglesia que le da su nombre, al frente está la vieja Escuela de Medicina de la UNAM, un elegante edificio de la época del virreinato, que se utilizá como Aduanas y fue la sede de la Santa Inquisición durante parte de la dominación española. En el centro de la plaza está una pequeña estatua de bronce de La Corregidora, Josefa Ortíz de Domí­nguez.

Pero sin duda la parte más conocida de la plaza son sus portales, que se extienden a lo largo de 100 metros. Ahí­ hay una larga fila de puestos con pequeñas prensas planas, y linotipos tan antiguos, que en otros paí­ses serí­an consideradas piezas de museo, que ofrecen todo tipo de impresiones. Los vendedores saltan sobre los visitantes con todo tipo de promociones para ganar clientes. La competencia es tan abierta y agresiva que para muchos visitantes resulta abrumadora. Los vendedores se valen de todo su ingenio para persignarse.

En Santo Domingo, los escritorios públicos no son un recuerdo, sino un negocio rentable. Hay más de 25 a lo largo de los portales. Ahí­ los escribanos redactan todo tipo de documentos, desde simples facturas, querellas judiciales hasta las cartas de amor que han dado fama a la plaza.

Santo Domingo huele a viejo, pero pese a todos sus años no ha envejecido. En las últimas décadas, los escritorios públicos sustituyeron las máquinas mecánicas Smith-Corona, por máquinas electrónicas IBM y ahora una nueva forma de escritorio público se ha creado.

En el segundo piso de los portales, justo en la esquina que ve hacia la vieja Aduana y a un costado del templo, hay un café Internet, el único en Santo Domingo, pero a diferencia de otros en el centro de la ciudad, a éste no van turistas, pues esta plaza, pese a todo su palmaré cultural no es un atractivo turístico por excelencia.

El café Internet es para ligar, coinciden los chavos del barrio, los clientes más jóvenes del negocio, que poco después del medio dí­a pintan de verde y gris—los colores del uniforme de la secundaria pública de la zona—para conectarse a Burundis, el mejor chat para conocer chavos de todos los países del mundo.

Pero los primeros en llegar, son los campesinos. Durante las primeras horas de la mañana llegan al local vestidos con sus trajes indí­genas y cachucha de beisbol y con frases entrecortadas, que dejan ver su poco dominio del español. Ellos buscan el e-mail, para mandarles correos a sus familiares que trabajan en Estados Unidos. Ellos no entienden de tecnologí­a, mucho menos lo que significa la revolución digital. Por eso le piden al encargado que sea él quien escriba y lo mande a la dirección que llevan escrita, que para ellos no son más que garabatos. Para estas personas Internet es algo inexplicable, casi mágico, ya no tienen que esperar mucho tiempo por una respuesta, no necesitan un domicilio conocido para recibir y mandar correo y sus cartas no se pierden. Es tan eficiente, que están seguros que con Internet podrán mandarle una carta al presidente para contarle de su pobreza y muy pronto les llegará la ayuda. Sólo necesitan la dirección.

Winter 2003Volume II, Number 2

Alejandra Leglisse es una periodista y un Nieman Fellow en la Universidad de Harvard. Actualmente realiza un estudio sobre el impacto de la tecnología en los códigos sociales en México. Ha trabajado en El Financiero, Milenio Diario, Milenio Semanal, Dí­a Siete, Detrás de la Noticia/El Universal. Su contacto es leglisse@fas.harvard.edu.

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