Scars

by | Dec 3, 2007

Photo by Pedro Valtierra

I have a scar above my right eyebrow. It’s the product of a childhood accident at home that really didn’t have any serious consequences except for keeping me from my Sunday morning soccer routine. I would certainly have forgotten the whole matter if it weren’t for the fact that I sometimes glimpse the scar in the mirror and other times someone asks how I got the scar.

Something similar happened with the 1985 earthquake in Mexico, where I’m from. I didn’t have any direct loss other than a changed routine. However, the earthquake has become another scar that often appears in the face of appropriate mirrors or when someone asks me if I experienced the earthquake— “el temblor.” Mexicans just use the words “el temblor.” Despite the fact that Mexico City experiences hundreds of seismic movements each year, the 1985 earthquake remains the “temblor.”

It was a Thursday and, just like always, I was getting ready to go to school. I was nine. I only remember that I was looking for something in the pantry when things began to move around by themselves. I looked toward the upper shelves of the pantry and discovered that the entire pantry was shaking. It was 7:19 on the morning of September 19, 1985, the first time I had felt an earthquake, a tremor, those things that people had told me about, that happened very often in Mexico, in the city where I was raised, but I had thought were just some stories that adults made up to scare the kids. We were all waiting to see what would happen. When the earth finally stopped moving, my mother said something that was terribly prophetic: “[The tremor] was very hard and long; it’s going to provoke landslides and fires.”

What happened next was an avalanche. In spite of her prophecy, my mother decided that I had to go to school. When I got there, the scene was one of chaos: worried parents, my classmates crying and a million rumors flying around. My mother, sister and I went back home much earlier than usual in a city without traffic lights and only sporadic telephone service. We spent hours watching Channel 13 to find out what was happening in the rest of the city. The interminable lists of people who wanted to let their out-of-town relatives know they were okay made even more of an impact on me than the television images. We ate some cold food since it was dangerous to use the stove. All the family in the city—and when I say family, I mean it in the very extended Mexican sense—got in touch: everyone was safe.

During those hours in front of the television, several names became engraved in my mind, forming a part of the scar: Hotel Regis, the Súper Leche, Edificio Nuevo León, Multifamiliar Juárez. Some other names stuck in my mind right next to all my childhood heroes: La Pulga (“The Flea, an improvised rescue worker who was said to have saved more than ten lives during the earthquake), tenor Placido Domingo (whose relatives were living in the wrecked Edificio Nuevo León in Tlatelolco), Sociedad Civil (“Civil Society”—I never quite understood who this lady was, but I heard her name mentioned a lot). The images, the stories and the activities of the adults all around me who were preparing to help in one way or another constituted one of the most important lessons in my life. New words enriched my vocabulary, as well as that of all the other children of my generation: Richter Scale, Mercally scale, epicenter, trepidatory, oscillatory, misfortune, fragility, solidarity. Some months, several demolitions and thousands of funerals afterwards, the city and, with it, my life were slowly getting back to a daily routine. The refugee camps would be the last reminder of what had happened, but these camps too began to blend in with the landscape and their complaints and needs merged bit by bit with the city’s other social problems. Like a leitmotiv of the later democratic struggles, Civil Society—which turned out not to be a lady, after all—would become the antagonist of the city’s old entrenched power structures. Structures that showed their first cracks in 1968, but really started to collapse on September 19, 1985.

In the years to come, whenever a tremblor surprised me in some public place, I would remember three slogans that we had to repeat in primary school (to be certain, after the 1985 temblor): Don’t run. Don’t shour. Don’t push. Whenever I enter an unfamiliar room, my first reaction is to observe the lamps and figure out whether their movement might be a reliable indicator of telluride movement. Since then, doorframes are not mere pieces of wood that mark an entranceway, but potential points of refuge. And nothing about this makes my life especially different from those of people who have not lived through similar disasters. They are simply signs of a scar that I carry with me, just like the one above my right eyebrow.

Scars

Por Sergio Silva-Castañeda

Sobre mi ceja derecha tengo una cicatriz. Es producto de un accidente doméstico infantil que realmente no tuvo ninguna consecuencia grave más allá de cambiar mi rutina futbolera de domingo por la mañana. De hecho, podría haber olvidado el asunto si no fuera porque de vez en cuando el espejo me recuerda la cicatriz y algunas veces me han preguntado que fue lo que me pasó encima de la ceja derecha. Con el temblor de 1985 pasa algo parecido: no tuve ninguna pérdida directa más allá de la rutina alterada, sin embargo, es otra cicatriz que aparece cuando me enfrentó a los espejos adecuados o cuando alguien me pregunta si estuve en el temblor (así a secas, pues aunque en la Ciudad de México se registran cientos de movimientos sísmicos al año, el terremoto de 1985 sigue siendo “el temblor”).

Era jueves y como siempre había que prepararse para salir rumbo a la escuela. Tenía 9 años. Sólo recuerdo que estaba buscando algo en la alacena cuando las cosas se empezaron a mover solas, voltee hacia la parte superior de la alacena para descubrir que la alacena completa se movía. Eran las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, la primera vez que sentía un temblor, esas cosas que me habían contado que existían, que pasaban muy seguido en México, la Ciudad donde estaba creciendo, pero que en ese entonces me parecían más cuentos de adultos. Esperamos a que pasara. Cuando finalmente la tierra dejó de moverse mi madre dijo algo terriblemente profético: “Estuvo muy duro y muy largo, esto va a provocar derrumbes e incendios”.

Lo que siguió fue una avalancha. A pesar de su profecía, mi madre decidió que había que ir a la escuela. Al llegar ahí la imagen era de caos: padres preocupados, compañeros llorando y mil rumores corriendo. Mi madre, mi hermana y yo regresamos a casa mucho antes de lo previsto en una ciudad sin semáforos, y con los teléfonos funcionando muy caprichosamente. Dedicamos horas a ver en el canal 13 lo que había pasado en el resto de la ciudad. Más impresionante que las imágenes en la televisión eran las interminables listas de personas que querían avisar a sus familiares fuera de la ciudad que estaban bien. Comimos algo frío pues era peligroso utilizar la estufa. Toda la familia en la ciudad, y cuando digo toda lo digo en un sentido muy mexicano, se reportó: todos bien.

Durante esas horas frente a la televisión varios nombres se quedarían grabados en mi mente, parte de la cicatriz: Hotel Regis, la Súper Leche, Edificio Nuevo León, Multifamiliar Juárez. Algunos otros nombres se inscribían en mi cabeza justo a un costado de los héroes infantiles: La Pulga (rescatista improvisado al que se le atribuye el rescate de más de 10 personas vivas durante los días siguientes al temblor), el tenor Placido Domingo (cuyos familiares habitaban en el derrumbado Edificio Nuevo León en Tlatelolco), Sociedad Civil (nunca supe quien era esa señora, pero se que en esos días escuche su nombre). Las imágenes, los relatos y los adultos a mi alrededor preparándose para ayudar de una u otra forma a las labores de rescate fueron uno de los más importantes ejercicios de aprendizaje. Junto a eso palabras nuevas que enriquecerían el vocabulario de todos los niños de mi generación, escala de richter, escala de mercaly, epicentro, trepidatorio, oscilatorio, desgracia, fragilidad, solidaridad.

Unos meses, varias demoliciones y miles de velorios después, la ciudad, y con ella mi vida, irían regresando paulatinamente a la rutina. Los campamentos de damnificados serían el último recordatorio de lo que había sucedido pero también se fueron mezclando con el paisaje y sus reclamos se fueron fusionando con otros problemas sociales en la ciudad. Como leitmotiv de las posteriores luchas democráticas, la Sociedad Civil se convertiría en la antagonista de las viejas estructuras de poder en la ciudad. Estructuras que mostraron sus primeras fisuras en 1968 pero que habrían de empezar a derrumbarse el 19 de septiembre de 1985.

En los siguientes años, cada que un temblor me sorprendió en algún lugar público, recordaba las tres consignas que nos repitieron en la primaria (por supuesto, después de “el temblor”): No corro, No grito, No empujo. Cada que entró a una habitación desconocida mi primer reacción es voltear a ver las lámparas para tratar de adivinar si serían un buen indicador telúrico. Desde entonces, los marcos de las puertas no son sólo esos trozo de madera que rodean la entrada a cualquier lugar, sino también refugios potenciales. Y nada de esto hace mi vida especialmente diferente a la de gente que no ha vivido desastres comparables, simplemente son signos de una cicatriz que llevo conmigo, justamente como la que esta encima de mi ceja.

Winter 2007Volume VI, Number 2

Sergio Silva-Castañeda is a doctoral student in Harvard’s History Department and a David Rockefeller Center for Latin American Studies Graduate Student Associate.

Sergio Silva-Castañeda es estudiante de doctorado en el Departamento de Historia de Harvard y estudiante de posgrado asociado del Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos.

Related Articles

Environmental Stress and Rainmaking

Environmental Stress and Rainmaking

When Europeans first attempted to settle in North America north of the Rio Grande, their confrontations with Indian cultures were marked by cosmic struggles over environmental…

“Bury the dead and feed the living”

“Bury the dead and feed the living”

“Bury the dead and feed the living.” These were the words attributed to Portugal’s pragmatic, all-powerful first minister, the Marquês de Pombal, as he contemplated the damage wrought by…

The Jesuit and the Jew

The Jesuit and the Jew

Such a Spectacle of Terror and Amazement, as well as the Desolation to Beholders, as perhaps had not been equalled from the Foundation of the World.” Thus an English merchant writing…

Print Friendly, PDF & Email