The Violence of the VIP Boxes

Culture and Class in Peru

by | Oct 17, 2014

The contemporary art museum MALI brings together people form different social classes. Photo courtesy of MALI.

In Peru, the upper class does not like to mix with those they consider different or inferior. Their maids on the beaches south of Lima are not allowed to swim in club pools and, sometimes, not even in the ocean. The VIP boxes at sports and theater events maintained by the government are a public display of a private practice that reproduces in the public sphere the worst aspect of private hierarchical structuring.

What are the “contact zones” between Peru’s different social classes today? Where do they meet each other? Where do they share things? Where is there a playing field where the mutual stereotypes can begin to be dismantled? On a recent Sunday, I was visiting MALI, the contemporary art museum, to enjoy an exhibit of the work of Fernando de Szyszlo, a Peruvian artist from the 1950s who captivated the world with his abstract art. The museum was overflowing; people from different social classes were looking at the paintings, listening to the guides, standing in line and conversing among themselves. This exhibit—a notable art show—has been a success not only from a cultural point of view in its excellent curating, but also because it has attracted a massive number of people. The show’s organizers have made a superb effort in outreach and transformed the museum into a true “meeting place” for all Peruvians. 

The fact is that Peruvians from different social strata no longer mingle at the beaches; we get into fights in heavy traffic; we put bars on our houses to separate us from the street and the community; and we even find that political rallies are no longer public spaces. In the 2011 Peruvian elections, candidate Pedro Pablo Kuczynski gave out VIP tickets to a rally.

We talk about violence a lot in Peru, but we don’t talk about social classes. Violence is not restricted to gang attacks or drug trafficking; all cultures experience violence, but some foster it more than others, doing little to contain it and not learning from the lessons of the past. Violence is not a problem that can be solved by legal means and exemplary punishments. Violence—in Peru and beyond—is a cultural problem. It is a problem of power relations, the permanence of hierarchies and discrimination, the crisis of representation, ongoing authoritarianism. These are political challenges, but they are cultural ones as well, and thus the Culture Ministry has to take a stand as the institution in charge of the symbolic mediations aimed at changing the existing culture. 

Many Latin American cities such as Medellín, Colombia, undertook successful cultural policy attempts not only to offer cultural services but to construct citizenship through the generation of visible spaces where diverse social groups can mingle—to use the Spanish phrase “convivir,” to co-exist, to live together in harmony. 

These cultural policies are always conceived as a way to confront the powers that segregate, marginalize and generate all types of violence. They are designed to construct spaces for mutual recognition within the context of social heterogeneity. In Peru, we are generally far off from creating such spaces. 

The decade of the 1990s inaugurated an anti-state attitude in Peru, and I am not only referring here to privatizations. Peruvians began to belittle and lose interest in anything collective. The state’s loss of prestige has meant that the sense of a public sphere has also been degraded and a sense of community has been lost. Today, we citizens only worry about ourselves and concern ourselves with the “other” only as competitors. On the highway, one needs to get ahead of the others, and in the sports stadiums, one needs to put down—or even kill—members of the opposing team. The deterioration of human ties in Peru worsens every day, especially in relation to those from a different class, race, sexual orientation or ideology. 

Our democratic culture continues to be precarious because many officials view the president as a monarch, seeking to satisfy all his wishes in ways reminiscent of old colonial practices that have impeded the construction of full citizenship. In the last couple of years, a stadium was remodeled without providing a public concourse; it was a very serious example of how political pressure prevails over democratic culture, and in this case, even over technical advice that recommended the public concourse. It is unacceptable to accept reckless inaugurations of hospitals without beds, a National Theater without bathrooms, government VIP boxes for sporting events. We keep on sustaining a culture in contemporary Peru in which no questions are asked, no public responsibility is demanded, and where private culture is idealized and public culture discredited. 

La Violencia de los Palcos

Por Víctor Vich

El museo del arte contemporáneo MALI atrae gente de diferentes clases sociales.

En el Perú, a las clases altas no les gusta mezclarse con quienes consideran que son diferentes o inferiores. Las playas de la panamericana Sur son un buen ejemplo de ello pues las empleadas domésticas no pueden bañarse en las piscinas de los clubs y, a veces, tampoco en el mar. Los desdichados palcos del actual Estadio nacional son también otro ejemplo: son un remedo público de una práctica privada, un burdo simulacro que, en lugar de instalar prácticas alternativas, reproduce -desde lo público- lo más nefasto de la jerarquización privada.

¿Cuáles son las “zonas de contacto” entres las distintas clases sociales en el Perú de hoy? ¿Dónde se encuentran? ¿dónde comparten algo? ¿dónde se crea un espacio horizontal donde puedan comenzar a deconstruirse estereotipos mutuos? Estas preguntas me las hice hace poco en el MALI, en la exposición de Szyzslo, un domingo abarrotado de gente y donde efectivamente podía observarse el resumen de todo Perú. Diferentes clases sociales se encontrban ahí, mirando los cuadros, escuchando a los guías, haciendo cola y conversando entre ellas. Esta exposición -notable exposición- ha sido un éxito de gestión cultural pero no solo por la notable calidad de su curadoría ni por la gran cantidad de gente que ha acudido a verla (creo que nunca hubo en el Perú una exposición de arte tan masiva) sino porque, efectivamente, sus promotores se están esforzando por convertir al museo en un verdadero “punto de encuentro” entre los peruanos.

Es cierto: los peruanos ya no nos encontramos en las playas, nos peleamos en las pistas, ponemos rejas en las calles, ahora nos encontraremos ya muy poco en los estadios y hace poco nos dimos cuenta que también los mítines políticos dejaron de ser espacios públicos. A pesar de haberse metido al mar de “agua dulce”, PPK distribuyó entradas VIP para su mitin. ¿De dónde viene entonces la violencia en el Perú? ¿Solo de los narcoterroristas, de los asaltantes callejeros y de las barras bravas? ¿Solo del “perro del hortelano” y de la policía? ¿Solo de ahí?

La violencia es una pulsión que pertenece a la estructura misma del ser humano y todas las culturas la llevan consigo, pero lo cierto es que hay sociedades que la fomentan mucho más, que hacen muy poco por contenerlas y que no aprenden de sus errores del pasado. No se trata de un problema que se solucione solo con medidas jurídicas y con castigos ejemplares. La violencia, en el Perú, es un problema cultural (referido a las relaciones de poder, la permanencia de jerarquías y discriminaciones, las crisis de representación, el permanente autoristarismo) y es el Ministerio de Cultura el que tiene que tomar cartas en el asunto como la institución encargada de intervenir en las intermediaciones simbólicas a fin de modificar la cultura existente. Es triste que no se haya pronunciado. En muchas ciudades latinoamericanas (en Medellín, por ejemplo) las políticas culturales exitosas son aquellas que se concentran no solo en gestionar servicios culturales sino en ofrecerlos para construir ciudadanía, es decir, para generar espacios de visibilidad sobre estado de la convivencia social. Las políticas culturales son siempre pensadas para intervenir en aquellos poderes que segregan, marginan y que generan violencias de todo tipo; ellas se diseñan para construir espacios de reconocimiento mutuo al interior de la heterogeneidad social. En el Perú seguimos muy lejos de aquello y pensamos que solo basta con recuperar las piezas de Machu Pichu.

La década del los noventas instauró en el Perú un sentido común anti-estatal que trajo consigo no solo el intento de privatizar todo lo existente sino de degradar y perder interés por aquello que es colectivo. El desprestigio del Estado ha implicado la degradación de lo público y la pérdida de un sentido de comunidad. Hoy en día los ciudadanos solos nos preocupamos por nosotros mismos y el “otro” siempre es visto como un competidor al que no hay que dejar pasar en las pistas y al que hay que degradarlo o matarlo si es hincha de un equipo diferente. El deterior de los vínculos humanos en el Perú es cada vez más fuerte en términos de diferencias sexuales, raciales, ideológicas, etc.

El ingeniero Woodman insiste en que se tomen con él medidas muy drásticas si se encontrara implicado en los malos manejos de la remodelación del Estadio Nacional. Pero, en realidad, las reiteradas acusaciones que han ido en su contra no han estado dirigidas a inspeccionar sus bolsillos sino, sobre todo, a cuestionar culturalmente su posicionamiento servil frente al de ex presidente Alan García. De hecho, nuestra cultura democrática sigue siendo tan precaria que en el último quinquenio hemos observado, con pavor, cómo muchas autoridades optaron por posicionarse ante el presidente como si fuera un monarca al que hay que satisfacer en todos sus deseos. Se trata de las viejas prácticas coloniales que han impedido históricamente la construcción de una ciudadanía plena. Es increíble pero en el Perú, las autoridades elegidas “agradecen” los cargos (como si fueran premios) y los asumen como si la institucionalidad no existiera y se subordinan totalmente.

Quizá remodelar un Estadio sin un concurso público haya sido mucho más grave que robar. Quizá aprobar un diseño con solo seis carriles en la pista atlética sea algo efectivamente grave. Quizá, en efecto, haya sido muy grave para la cultura democrática en el país ceder a las presiones políticas y no mantener una autonomía técnica. De hecho, ser cómplice de inauguraciones atolondradas (como las del propio Estadio, la de un hospital sin camas, la del Teatro municipal sin baños, la del Teatro nacional sin nada) es algo inaceptable. Quizá, finalmente, haya sido muy grave haber optado por esos palcos, es decir, haya sido realmente grave no haber construido un segundo anillo de tribunas como lo tienen los grandes estadios del mundo y como lo ameritaba un escenario que es público y es de todos. Eso es lo más grave. Me refiero a que en el Perú contemporáneo (cargado ingenuamente de optimismo) seguimos insistiendo en sostener una cultura que continúa idealizando lo privado y desacreditando lo público. Con horror, con mucho horror, bastante de aquello lo hemos vivido esta semana. Todo ello es muchísimo más grave.

Fall 2014Volume XIV, Number 1

Víctor Vich, a Peruvian writer, is a professor at the Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) and researcher at the Instituto de Estudios Peruanos (IEP). He was the 2007-08 Santo Domingo Visiting Scholar at DRCLAS.

Víctor Vich, escritor peruano, es profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) e investigador del Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Fue académico visitante de Santo Domingo 2007-08 en DRCLAS.

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