3, 2, 1... poemas

Por Carlos M-Castro

 

Manual para sobrevivientes

No quiero un panegírico leído por Ernesto, Sergio o Claribel

ni un mausoleo en la Colina de los Ilustres Hombres.

Que no maquillen mi pellejo

ni disfracen mi esqueleto y su cubierta de un Gran Señor que nunca fui.

Prohibidos los videos y las fotos que después circularán por Internet

o serán salvapantallas, tapiz del Escritorio,

imagen destacada de perfil en red social.

 

Nadie publique un reportaje, una noticia, un obituario.

Alejen a la prensa de la fosforescencia de mi profundo oscuro sueño.

Golpeen todo rostro cuyos ojos enrojezcan

ante el primer ardor de mi chorreante témpano

y humillen a cuanta mujer aparezca

queriendo, enlutada, acaparar la propiedad privada del Dolor.

 

Desnudo amordazado dando vueltas frente al fuego,

aguarden su ración de carne asada los presentes;

trituren lo que sobre, hagan moronga

y coman hasta hartarse de mis restos.

 

Si al rato van al baño a descargarse,

no olviden con las hojas limpiarse de mis libros.

 

Jamás se les ocurra de todo lo que dije o escribí

copiar ni media frase en las paredes.

Olvídense de dioses y de héroes.

En estos tiempos los monumentos hieden.

 

Conviene reajustarse los grilletes.

 

 

 

 

Cronopia:

Ya no me importan tu arrogancia, rancia

estrategia de tragedia ni media

cubriéndote la pierna tierna mientras

la otra trota de vista en vista lista

 

para herir, rugir y huir de mi dura,

en mis idos, a mi profetizante

mano sin guante, oídos, dentadura;

pues, ves, tus dedos los enredos hacen

 

por diversión para ambos bobos (bosques

que caben en gestos toscos, costumbres

de hacha, charadas). Enredos y locos

 

como los nuestros y como nosotros

yo como. Comé comamos comámonos

que no me importan tus dudas, ¡juguemos!

 

 

 

 

 

 

Verdades que se empozan bajo el agua

En una transparencia sin lenguaje,

donde el lenguaje mismo es más bien la trans-

parencia, algoritmo indiscernible

fluye como la sangre a un corazón

cuyo latir responde

al ritmo de expansión del Universo.

Podríamos pensar que en esa danza,

ejecutada no como espectáculo,

hay un mensaje oculto

que debe ser hallado

para reconciliarnos con el Todo.

 

Ausentes los contornos de los nombres,

a fosas abisales descendemos

buscando así la propia imagen; vamos

cayendo pájaros en la pupila

hacia una altura aleteo inaudible

donde el nido de nuestro nido, imagen

recurrente de un sueño colectivo,

acuna nuestra ruina,

nuestro ataúd y nuestro entierro y nuestra

herida y el arma que la ocasiona

y la mano que la blande, su fuerza

y sus motivos. Una ceguera entonces

alerda nuestro vuelo

y apenas salpicados regresamos

a la falsa firmeza de la tierra.

 

Oímos en sordina,

mientras tanto, los gritos de la sed

y sus pisadas; oímos territorios

que rugen al llamarse unos a otros.

Oímos colisiones, minerales

bestias en duelo genesiacas: bordes

que, cérvidas cornadas, van y vuelven,

geodésico ritual,

sobre su propio alud mudando formas.

Mientras sus elementos se reordenan.

 

De un mecanismo abstracto los engranes,

cuando no somos más que una molécula

sumergida sin rumbo

y al azar enlazada,

giran indiferentes al trayecto

que describe su estela o a la sombra

imposible de sus mutuos mordiscos;

giran pues los engranes

y el eco de su música se instala,

espíritu común, número áureo

enfrentado a su inverso, en cada acorde,

nota, compás, silencio, disonancia.

Sabemos que el ascenso es hundimiento,

pero seguimos yéndonos sin pausa,

embebidos, al fin, unos en otros.

 

 

 

Carlos M-Castro es un autor y editor que enseña español como lengua extranjera en Bakú, Azerbaiyán, donde temporalmente reside desde 2016. Su sitio web es lectordislexico.net.