Medellín

by | Dec 7, 2003

Llegué a Medellín el día después de la bomba. Concentrada en los preparativos del viaje, no sabía lo que había pasado. Sólo cuando llegué a Medellín me enteré de todo. La noche anterior había explotado un carro bomba en una zona muy concurrida de la ciudad, el Parque Lleras. Habían muerto muchas personas y otras tantas estaban heridas. El viaje del aeropuerto a la ciudad, paradójicamente en un hermosísimo atardecer de verano, estuvo acompañado de sombrías historias del día anterior y de la presencia del ejército nacional que hacía retenes a cada curva de la carretera.

Esos primeros días de mi viaje transcurrían entre el placer y la tranquilidad de volver a lo conocido; y el miedo y la zozobra que se respiraban en la ciudad. Medellín era presa de rumores que vaticinaban otra explosión en cualquier momento. En medio de este caos comenzó el Festival Internacional de poesía: 113 poetas, 73 países, 140 lecturas de poemas, 11 municipios de Antioquia y 90 sedes en la ciudad celebraron la poesía por diez días a comienzos del mes de junio. Medellín era sede de uno de los más grandes eventos de poesía viva del mundo.

El Festival había tenido que derrotar dos grandes barreras: la situación de violencia y pánico de la ciudad y la idea de que el disfrute de la poesía es un ejercicio solitario e íntimo, para poder congregar no sólo a poetas de todo el mundo sino también a un público heterogéneo y abundante. Este era el llamado que hacían sus organizadores: Lejos de ser absolutamente solitario, el combate de la poesía por recobrarnos, debe reunir enérgicamente a los humanos en torno al espíritu poético, para resistir a la globalización de la desesperanza.

La entrada a todos los eventos era gratuita. Cada evento reunía a cuatro o cinco poetas de diferentes nacionalidades que leían su poesía en su lengua nativa. El público totalmente variado, niños, profesores, amas de casa, viejos, estudiantes, podía disfrutar de la musicalidad y la fuerza de una lengua desconocida: árabe, griego, ruso, lenguas indígenas colombianas entre otras más. Al finalizar, un intérprete leía los poemas en español. Cada lectura duraba de una a dos horas y comenzaban desde temprano en la mañana hasta casi la medianoche. Los lugares de encuentro también variaban: había lecturas en las universidades, en los parques, en los bares, de cualquier zona de Medellín. Además, ésto se complementaba con una gran cantidad de eventos relacionados: exposiciones de poesía experimental, ciclos de cine, cursos de poesía, venta de libros y transmisiones por televisión. La ciudad se reunía en un trance de palabras y el Festival cumplía su objetivo: celebrar la existencia en masiva compañía, en el ejercicio de su acción poética convocar sus fuerzas, encender el fuego del alma colectiva para detener la masacre.

Y no era la primera vez. Este era el décimo primer festival que se realizaba en Medellín. El festival ha sobrevivido no sólo este caos, sino miles de otros momentos difíciles de la ciudad. O mejor dicho, ha nacido y ha podido subsistir en medio de una espiral de violencia que parece no cesar en Medellín. Por unos días, esa ciudad fragmentada y ensangrentada se puede unir en torno a la fuerza de la palabra. ¿Servirá de algo? No lo sé, pero por lo menos a mí me ayudó a reconciliarme un poco con esa ciudad que tanto amo y tanto odio. Ya estaba lista para regresar a Boston. Traía conmigo las palabras de esperanza de la poeta griega, Athena Papadaki: “Lo que tengo de inmortal es la utopía.”

Winter 2003Volume II, Number 2

Claudia Mejía es de Medellín, Colombia y profesora de español (lecturer) en el Departamento de Lenguas Romances de Tufts University.

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